sábado, 22 de agosto de 2009

Majdanek

Casi antes de salir de Lublin, el antiguo cuartel general de la Gestapo, en lo que fuera un suburbio de la ciudad, en medio de un inmenso paraje verde, aun permanecen en pie las alambradas, las torres de vigilancia y algunos barracones del campo de trabajo y exterminio donde fueron asesinadas casi 80.000 personas. Majdanek no formaba parte de los campos puestos en marcha para llevar a cabo la Aktion Reinhardt, pero en septiembre de 1942 se comienzan a gasear a todos los judíos del guetto de Lublin y de otros guettos de Polonia. Los detenidos eran conducidos en tren hasta la estación y caminaban luego un kilómetro y medio hasta el campo. Los cargamentos de prisioneros destinados al trabajo eran seleccionados en el “Jardín de las rosas”, una plaza situada a la entrada del campo. Despojados de sus pertenencias y desnudos, pasaban ordenadamente a los dos pabellones de “desinfección” que se levantaban junto a plaza. Al entrar, se les cortaba el pelo, se les daba una ducha y recibían el uniforme de prisionero con el número cosido en la camisa. A los judíos se les marcaba con una estrella de David. A los Testigos de Jehová, un triángulo invertido marrón, los delincuentes comunes, uno azul, los homosexuales, uno rosa y los prisioneros políticos, uno rojo. Todos quedaban clasificados. Inmediatamente pasaban a instalarse en los barracones de los seis campos (cada uno de ellos albergaba más de 4.500 personas). Los “cargamentos” destinados a la muerte, hacían otro recorrido. Desde la plaza, andaban los escasos cien metros hasta las cámaras de gas. Allí, hacinados y a oscuras, morían en apenas unos unos minutos. Sus cuerpos eran sacados por la puerta trasera de la cámara, apilados en unas parrillas improvisadas (todo en este campo parece extrañamente improvisado) y quemados. El olor debía llegar hasta el mismo castillo de Lublin.


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En Majdanek, a diferencia de Treblinka, donde el memorial ha reemplazado al campo, el monumento conmemorativo se añade al complejo arquitectónico histórico. Donde el discurso pone adjetivos, la institución pone memoriales. Los visitantes parecen más interesados en estos recintos religiosos que en entender detalladamente el proceso del exterminio.

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