martes, 25 de agosto de 2009

Auschwitz

Llegar a Auschwitz I es llegar a un parque temático.

Todo un centro de ocio con bares, restaurantes, pizzerías, tiendas, parkings, etc. se extiende a su alrededor como parte del complejo. Nada se deja a la improvisación. El campo, aunque conservado mejor que muchos otros (los barracones están construidos en ladrillo), está escondido tras la organización de la visita. El visitante no puede acceder a él directamente. Necesariamente ha de pasar por los trámites que impone el Museo. Largas colas para sacar el ticket, otra para recoger los auriculares para escuchar al guía obligatorio, y un relato de tres horas que condiciona una visita que además de parcial es apresurada. Las cámaras de gas y el crematorio I (reconstruidos) son despachados en apenas 5 minutos y apenas una hora basta para concluir la visita de Birkenau. El turista parece no molestarse, más bien al contrario. Se limita a cumplir el ritual de la visita, a conmoverse provisionalmente y tranquilizar su conciencia de hombre civilizado condenando, con obvio lamento, “el hecho” sin necesidad de hacer el esfuerzo de conocer nada de él. Al terminar la visita nada sabrá de lo sucedido, ni sus razones ni sus consecuencias. Recordará, eso sí, los pasajes de El niño del pijama a rayas y algunas secuencias de La lista de Schindler. Pasarán rápidamente por los sótanos del Bloque 11 sin reparar en que, en ellos, se llevó a cabo el primer ensayo de asesinato masivo con Zyklon B, Ácido Cianhídrico (HCn), dos meses antes de los primeros gaseamientos con monóxido de carbono (CO) en Chelmno y seis de que empezase a funcionar el campo de exterminio de Belzec. Rudolph Höss, comandante de Auschwitz, y Christian Wirth, de Belzec, entraron, durante toda la Guerra, en competencia por conseguir los mejores niveles de eficiencia en sus respectivos centros de producción de muerte. Entre el 3 y el 5 de septiembre de 1941 son encerrados, en los sótanos del Bloque 11 de Auschwitz I, 600 prisioneros soviéticos y 250 presos políticos polacos, y gaseados con la sustancia que hasta entonces era utilizada para desinfectar la ropa. Debido a su “éxito”, desde febrero de 1942 en Auschwitz I, y desde marzo de 1942 y hasta el final de la guerra en Birkenau (o Auschwitz II), fueron asesinados alrededor de un millón de personas, el 90% de ellos, judíos. La primera cámara de gas fue improvisada en la antigua morgue adosada a los crematorios, mientras que las cuatro restantes, ubicadas en Birkenau, se construyeron específicamente para llevar a cabo el exterminio masivo. Antes de su construcción, se hicieron varias pruebas en dos granjas expropiadas, las llamadas casa roja (búnker I) y casa blanca (búnker II), que tuvieron que ser reabiertas en 1944 para ayudar a solucionar el problema de saturación durante el asesinato de los casi 400.000 húngaros que entre mayo y julio de ese año fueron trasladados desde el guetto de Budapest.


Entre el bloque 10 (que no puede visitarse y en el que se llevaron a cabo experimentos de esterilización con prisioneras del campo) y el 11, se levanta (también reconstruido) un muro que fue utilizado como paredón y que se ha convertido en improvisado altar donde se encienden velas y se depositan flores, piedras, papeles con mensajes... que, acaso involuntariamente, contribuyen a transformar el lugar del asesinato en espectáculo kitsch o reliquia postmoderna.

La visita guiada termina fuera de las alambradas del recinto penitenciario, en el crematorio I y la horca donde fue ejecutado Höss por las autoridades polacas, que lo juzgaron y condenaron a muerte en 1947, por crímenes contra la humanidad. El delito de genocidio no quedaría definido jurídicamente hasta 1948. Desde el patíbulo, puede verse aún hoy levantada, la casa en la que Höss vivió con su familia hasta el final de la Guerra.



video

Birkenau, que se encuentra a 3 kms de Auschwitz I, ofrece la entrada al infierno (Dante: “Lasciate ogni speranza voi ch’entrate”) por las vías de ferrocarril que conducen al campo y a las cámaras de gas en su interior. En el edificio de vigilancia se abre una entrada que engulle los raíles. La imagen pertenece ya al imaginario de cualquier ciudadano occidental. Sin embargo, el impacto de dicha visión se ve fuertemente atenuado por el sistemático programa turístico que se impone al visitante. Aun así, el que entra se ve inmerso en una extensión enorme de terreno que contiene los restos de una industrialización de la muerte, en la que cuerpos despojados de sus funciones orgánicas son quemados, reducidos a cenizas y arrojados a las aguas, es decir, convertidos en nada (“Vernichtung”: aniquilación) tras la sistemática descomposición de sus partes. El camino central divide el campo en dos grandes áreas en las que se encontraban los distintos barracones y conduce directamente a las dos cámaras de gas principales (las cámaras 2 y 3), simétricas, y las más eficientes. Entre ellas, ¿cómo no?, se erige el consabido monumento, vanidoso y vano acto institucional de ritualización y sentimentalización del exterminio, el fetichismo de la memoria usurpando el lugar de los rastros de la Historia.

Recorremos las cámaras de gas (y crematorios) 4 y 5 y los prototipos: la “casa roja” y la “casa blanca”, de la que no queda más que un recordatorio, en las afueras del recinto en mitad de apacibles casas de campo habitadas.

Frente al complejo, al otro lado de la carretera, nos encontramos un edificio con el color característico de los del campo, ese rojo oscurecido de ladrillo. Se trata de las viviendas de los SS, convertido tras la guerra en un convento de carmelitas y que ahora es una parroquia. En su interior nos encontramos con una placa que recuerda a Edith Stein, judía convertida al catolicismo que ingresó en la orden y que fue gaseada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942.





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